martes, 27 de diciembre de 2016

Eres la mejor persona que conozco

Conozco muchas. Pero tú eres la mejor persona que conozco.

***

Si me preguntan, no tengo un primer recuerdo de ti. No puedo definir un recuerdo como el primero que tengo de ti. Lo más cercano a eso –qué no sabría cómo definirlo– son unas fotos de lo que yo siempre creí que era tu matrimonio con Pacho. Tendría dos, tres o quizá cuatro años y, repito, siempre creí que eso que se celebraba era tu matrimonio. No lo creía en esa época, pues, obviamente, ni sabía qué significaba un matrimonio –20, 21 o 22 años después sigo sin saberlo, pero ese es otro cuento–, sino que después, supongo, mi mente hizo la relación de tu pinta y la de él y seguro entró en el archivo como el matrimonio de los abuelos. ¿Si sabes de qué te estoy hablando? Eso, creo, fueron como las bodas de plata, pero la verdad no estoy seguro.
                                
Lo otro que recuerdo, y lo hago con la mayor de las alegrías, son las infinitas veces que yo jugaba con las pelotas esas de goma que rebotaban un montón. ¿Te acuerdas? Yo en el primer piso de la casa, tú en el segundo. Yo las hacía rebotar, primero pegaban en el piso, luego en la pared, y se devolvían hacia mí con un efecto ahí todo bacano. Yo ponía los cojines de ese mueble azul todo viejo y me tiraba a coger las pelotas creyéndome el propio Calero.

Muchas fueron las veces que las tiré tan duro que no me caían a mí para taparlas sino que se iban al segundo piso, donde tú vivías, entraban por ese ventanal que daba hacia el comedor de nosotros y ahí se quedaban, en el corredor o incluso en esa pequeña pieza de reblujos que tenían ustedes allá, a la espera de que aparecieras tú, o Pacho, a rescatarlas. Yo, desde abajo, escuchaba que se abría la puerta de la habitación de ustedes y, como todo un juego de niños, me ponía a adivinar, según los pasos que escuchaba, quién era el que venía: si tú o Pacho.


***

Todo comenzó por el abrazo.
Con mi mamá, con Yuz, con mi tía, mi tío, con mis primos, contigo.
No se dieron cuenta pero inmediatamente fui a saludar a Pacho.
Estábamos en la casa de transición –acabo de bautizarla así–, esa que alquilamos durante 6 meses mientras ubicábamos una, en el mismo barrio, que nos gustara para comprarla. Esa casa rara donde estuvimos medio año, donde no nos sentíamos cómodos –o al menos eso me parece–, no sé si por lo ostentosa o porque simplemente no la sentíamos como nuestra y de antemano siempre la vimos como un hogar de paso, si se me permite la expresión.
Ahí vivimos una única Navidad y podría apostar que ninguno la recuerda.
También tuvimos un único año nuevo y seguro no lo olvidaremos.
No sé por qué pero me parece bueno que no haya muerto en nuestra casa de toda la vida. Tampoco en la nueva.
Quizá así la antigua queda como símbolo de su vida y la nueva representa nuestra vida después de él. Porque hubo vida después de él. Porque habrá vida después de todos.

Ese 31 fue muy raro. Pasó lo que pasó y con eso sería suficiente, pero el antes fue muy raro. En serio. En su momento parecía normal, pero viéndolo en retrospectiva se ve muy raro.

Fue raro que en la tarde, cuando íbamos a visitar a la tía Ana, yo me haya equivocado de ruta. Fuimos mil veces en el año, hemos ido diez mil veces en la vida, pero solo ese día, justo ese preciso día, yo tenía que equivocarme de ruta. Seguí derecho por la 26 y no volteé ni por la quinta ni por la primera, por lo que tuve que coger la cuarta, tú, sabiendo por dónde nos tocaría pasar, empezaste a contarnos la historia del ranchito que tenías en La Isla.

“Vamos a pasar…”, dijiste, y Yuceth, sin dejarte terminar, dijo “por el ranchito que tenías por acá, ¿dónde es que queda?”. “Aquí en la esquina”, señalaste, y comenzaste a contarnos cómo había sido todo. O como había sido una pequeña parte de todo: empezaste diciéndonos que con la venta de ese ranchito pagaste la cuota inicial del lote de la casa en Santa Elena. Que trabajabas en Croydon y allá volviste a ver a Pacho, que para ese tiempo no era Pacho sino Laureano. Que a Laureano lo conociste muy joven, en Salomia, donde vivías con mi tía Ana, Viejoman y todos sus hijos. Que él te llamaba la atención. Que se notaba que tú le encantabas pero que no te hablaba. Que un día tuvieron la oportunidad de conocerse pero que cuando él se presentó tú te le cagaste de la risa por el nombre –aunque no recuerdo bien si por el nombre como tal o porque le decían “Lalo” o “Lolo”–. Que ese fue casi el único contacto en esa época. Que luego tú conociste a Jorge y se casaron y tuvieron tres hijos y se separaron. Que tú, sola con tus hijos, volviste a la casa de la tía Ana y Viejoman. Que allá vivían mientras tú trabajabas en Croydon, donde volviste a ver a Pacho –quien seguía siendo Laureano, o Lalo–. Que él era el jefe de despachos o de transporte o de ambas o de ninguna o de algo así. Que allá se reencontraron. Que él seguía solo, y con “solo” me refiero a amándote en silencio. Que un día fueron a una panadería que quedaba no sé dónde. Que salieron. Que se enamoraron. Que tu proyecto de la casa en Santa Elena se volvió, también, su proyecto de la casa en Santa Elena. Que en la casa de él no sabían nada y que, más o menos un mes antes de pasarse a vivir juntos, él salía a trabajar con doble ropa: que se ponía un pantalón encima de otro y una camisa encima de otra, y así sacó toda la ropa y todas sus cosas y se fue a vivir contigo. Contigo y con tus hijos y con tus nietos que aún no nacíamos.

Decía que ese 31 fuimos donde la tía Ana, hicimos la visita correspondiente, fuimos a saludar a Chochón y volvimos a la casa. Allá pasamos la media noche, y todo fue más o menos como siempre: fui el último en bañarse –eso no aporta nada a la historia pero quería recalcar que siempre soy el último en bañarse, no por agüero ni cábala ni nada, más bien por huevonada, pero ese es otro cuento–, mi mamá hizo la cena y todos estuvieron presentes. Comimos, llegó el año nuevo, me embutí las 12 uvas –la mayoría de los deseos fueron, por supuesto, para que el Cali quedara campeón–, me di el respectivo abrazo con mi mamá, con Yuz, con mi tía, mi tío, con mis primos, contigo.
  
No se dieron cuenta pero de una me fui a la pieza de Pacho a saludarlo. No le dije nada. Dormía. Supongo que le cogí la mano, no me acuerdo, estuve ahí un momentico, quizá recordé las veces que me llevaba a tuntún a la escuela y juntos cantábamos caballo viejo de la sabana que ya está viejo y cansado, que cuando había llovido en la noche yo, yendo en sus hombros, movía las ramas de todos los árboles por los que pasábamos y entonces nos mojábamos y ahora que lo pienso ese era –sigue siendo– uno de mis momentos preferidos de la vida. Recordé también las veces que jugábamos fútbol, en el pasillo, con una tapa de gaseosa, él me pedía descansar un minuto, y yo le decía que no, que yo quería seguir, pero al final igual le decía que sí y contaba “uno” y quería que volviéramos a jugar. El “uno” era así, “uno”, literal, pues yo, de 4 o 5 años, pensaba que un minuto era un segundo. Aun así –pensando que un minuto era un segundo– me parecía una eternidad descansar un minuto que para mí era un segundo. Fueron buenos tiempos. Fueron buenos tiempos porque siempre fue un buen hombre, y alguien así no se merecía estar en la situación que estaba. Me parecía la peor injusticia de todas, ¿de qué vale ser bueno si al final esta vida cobarde, ventajosa y aprovechada va a terminar contigo de la peor forma que se le pueda ocurrir, sin saber quién eres, teniendo pequeños momentos diarios de lucidez, sin reconocer quién es ese que todos los días, antes de irse a la universidad, va a darte la mano y a decirte “Q´hubo, Pacho, te tengo una chiva: veeeee”? Por eso, resignado, miré hacia arriba y con rabia le pregunté “¿hasta cuándo, pues?” a ese que tanto nos ignora.

El resto es historia que no importa. Recuerdo que llegaron los de Flor, justo cuando ya estábamos saliendo para donde Socorro, y nos tocó atenderle la visita como media hora. Solo hasta casi las dos de la mañana llegamos donde Socorro, fuimos con mi mamá a saludar donde Valentina y el resto de los de nuestra cuadra, o excuadra. Donde don Álvaro, como es costumbre, nos quedamos más tiempo e incluso yo prometí volver al rato. De toda esa saludantina, me quedó muy presente cuando fuimos donde don Guillermo y doña Marianury –¿cómo se escribirá Marianury, así, Marianury o María Nury o Nuri o Nuly, seguido o separado? ¿A propósito, has conocido a alguna tocaya? Yo no. Pero el caso–, y ahora que lo pienso bien, creo que fue la primera y hasta ahora única vez que he pasado a saludar allá después de que nos fuimos de Santa Elena, y se me hace muy curioso que don Guillermo esa noche –noche que ya era madrugada–, justo esa noche, en los par de minutos que estuve, me hablara solo de Pacho. Me contó, entre muchas cosas, que siempre que él ponía música y sonaba “Señora Bonita”, Pacho, estando al frente, en nuestra casa, salía al balcón y desde ahí le hacía una señal para que le subiera volumen.  

Señora bonita  
Hay algo en su boca
Tiene algo su cuerpo
Que al verla que cruza
Amor, amor me provoca

Señora bonita
Usted me castiga
Y aunque no me quiera
Le digo mil veces, que Dios,
Que Dios la bendiga
Señora bonita
Su cara es dulzura
Mis brazos le ofrecen
El discreto instante
De una aventura

Señora bonita
Yo siempre la sueño
Mire que ironía
Yo amándola tanto
Y usted tiene dueño.


Esa tarde, la del 1 de enero, me desperté porque el teléfono no dejaba de sonar.
Eran las 5 de la tarde –creo que ya había dicho que era la tarde pero qué se le hace– y Socorro estaba llame que llame que llame que porque nosotros aún no habíamos ido a almorzar, lo que pasa es que la noche/madrugada anterior le dijimos que sí, que claro, que nosotros muy a la 1 de la tarde íbamos a estar allá para comer del tradicional sancocho que hace Jaír, pero pues esas son cosas que uno dice en el momento, cosas que cuando ya uno se acuesta a las 10 de la mañana no tienen mucha validez que digamos. Pero bueno. Socorro llamó y mi mamá contestó y se puso a hablar en la puerta de mi cuarto y lógicamente yo me desperté y ella muy sorprendida me preguntó que si me había despertado y acto seguido me dijo que me alistara para irnos de nuevo a Santa Elena.

Y eso hicimos, supongo que a la hora u hora y media o dos horas ya íbamos mi mamá, mi tío y yo, camino para donde Socorro. Allá llegamos ya en la noche y como aún había ambiente de alegría, salí a buscar más trago con Jaír mientras mi mamá y mi tío comían. Cuando volvimos, como a los 20 minutos, mi mamá y mi tío estaban terminando de comer y yo, como no quise sancocho, apenas le estaba echando salsa de piña al pollo este que dan en la cena navideña cuando vi –escuché, mejor– que el teléfono fijo estaba sonando. Contestó la negra y le dijo a mi mamá que pasara al teléfono, al día de hoy no sé con quién habló, creo que con Yuz, el caso es que me dijo que a Pacho se lo iban a llevar a la clínica, sin entrar en detalles de a cuál ni por qué, y que nada, que ella se iba con mi tío a la clínica y que yo me quedara ahí, tranquilo, comiendo, como si nada. Y pues obvio le dije que no, que las huevas –no utilicé esa expresión, claro, pero es la que mejor describe mi reacción–, que yo me iba con ellos. Y así fue. Le dejé la comida servida a Socorro y me monté al carro.

Yo manejaba.
Manejaba sin saber a dónde manejaba.    
O sea, mi mamá dijo que íbamos a la clínica pero nunca pregunté a qué clínica.
Y no hizo falta.
No hizo falta porque, apenas nos montamos al carro, Yuz llamó al celular de mi mamá y le dijo que nos fuéramos para la casa.
No a la clínica sino a la casa.
Y con eso entendí todo.

Mi tío no, mi tío que casi siempre entiende todo esta vez no entendió nada y durante toda la autopista, en serio, durante toda la autopista se la pasó diciendo “ve, tan raro, será que ya se mejoró, eso seguro llamaron a la ambulancia y no era nada grave, una falsa alarma, no sé. ¿Por qué será que nos dijeron que nos fuéramos para la casa? ¿Por qué habrán decidido no llevarlo a la clínica si se supone que se había puesto muy mal? Tan raro”. Yo estaba que lo callaba y le decía que era porque había muerto, no había de otra. Pero me contuve, estaba segurísimo que había muerto, pero, como digo, me contuve. No sé por qué lo hice, pero preferí callar durante los cuatro o cinco minutos que me demoré en llegar a la U de la 70, porque ahí –me acuerdo tanto–, justo ahí cuando hacía la U para entrar al barrio, me llamó Mauro al celular y me dijo que ya, que Pachito se nos había ido.

La frialdad que tuve la noche anterior para pedirle a ese que casi siempre me ignora que se lo llevara, la tuve para decirle a mi mamá y a mi tío, ahí en el carro, que Pacho se había muerto.

“Pacho se murió”, le repetí a mi mamá, porque no escuchó –o no quiso escuchar– cuando se lo había dicho, por primera vez, un segundo antes. “Pacho se murió”, le dije, y mi mamá de una se puso a llamar por celular a una de las sobrinas de Pacho: “Lalo se murió”, le decía –algo desesperada– a esa pobre señora que seguro no entendía nada en absoluto de lo que estaba pasando, “Lalo se murió, Lalo se murió”. Mi mamá parecía loca, nunca la había visto así, incluso pidió que la dejara ahí –ya faltaban dos cuadras para llegar, apenas íbamos por el parque– que ella se iba caminando. Loca.

Llegamos a la casa y ya lo habían tapado. No lo quise ver. Digo, no quise quitarle la sábana que tenía encima. ¿Para qué ver a un muerto, así sea un muerto de uno? ¿De qué vale una imagen así, para qué guardar ese recuerdo? Nunca le he visto sentido y quisiera que si me llega a pasar no me vean. Solo mi mamá, Yuceth, la niña y Socorro tienen el libre albedrío de verme si así lo desean y consideran que, de suceder –porque puede pasar–, eso mitigaría en algo el dolor de mi partida. De resto prefiero que no me vean, que me recuerden vivo porque me niego a ser ese inerte que estará en el cajón. Y si llega a pasar, repito, quiero que lloren si así lo desean, que lloren mucho pero solo una vez, que una vez se sequen la última lágrima no vuelvan a llorar, que recuerden que tuve una vida buena, mejor de la que merecía y que eso las haga sentir tranquilas. Además siento que, con la llegada de Antonella, yo me liberé de un gran peso, me explico: dejando en claro que no quiero que me pase nada, pero consciente que para morir solo uno tiene que estar vivo, hoy en día me siento más tranquilo ante una eventual ausencia mía. Primero, nadie depende de mí –en todo el contexto de la expresión– y eso es un gran alivio. Segundo, siento que la existencia de Antonella mitigaría en parte el dolor de mi partida, y el tenerlo claro es de las sensaciones más tranquilizadoras que he experimentado últimamente.

Pero no quiero que nos desviemos, ese es otro tema y si quieres lo hablamos después.

Decía que llegamos a la casa y yo no quise ver a Pacho. Primero me senté en la escalera que quedaba al lado del cuarto de él, y como vi que empezó a llegar gente a la casa, me subí al segundo piso y me eché por allá en un rincón. No lloraba, simplemente estaba ahí, quizá recordando, con un nudo en la garganta, las veces que yo le decía que le tenía una chiva, y que cuando él preguntaba sobre cuál, yo le decía “veeee”. A lo mejor recordaba las infinitas veces que Piedad, la acompañante de la ruta del colegio, me decía que no pusiera a Pacho a llevarme el maletín, que él ya estaba muy viejito y que yo, así estuviera en primero, en segundo, en tercero y en cuarto de primaria, podía cargar mi propio maletín. De pronto lo que recordaba era las veces que subía a bañarme donde ustedes porque a nosotros se nos había dañado el calentador. O simplemente recordaba por el simple placer de hacerlo –aunque “simple” no es que sea de a mucho y “placentero” no es que sea siempre–, porque el recuerdo es lo único que nos queda a los que quedamos, porque el olvido es peor que la muerte y me niego a que seamos el olvido que seremos.

Escuché que Yuz me llamaba y le dije dónde estaba, ella subió y me dijo “mira lo pinchado que era” mientras me mostraba la camisa Yves Saint Laurent con la que lo íbamos a enterrar.

–¿De dónde la habría sacado? –le pregunté y por un instante pensé en decirle que lo enterraran con otra, que yo quería quedarme con esa.

–No sé, creo que esta era del esposo de Virginia.

Cuando bajamos en la casa ya había más gente, recuerdo a Socorro, Jaír, Diana, Sofía, quizá Nelly, los de Salomia, mi tía, Diana, Daniel, Mauro y hasta una vecina de al frente con la que nunca habíamos ni hablado.

Mi mamá le preguntaba a Yuz que qué se podía hacer, pues al parecer el médico “tratante” no estaba en la ciudad y en el servicio este de salud que le tenías no había nadie que pudiera declararlo muerto. Nunca entendí por qué, siempre se me hizo ilógico, pero quizá era hasta entendible por ser primero de enero a las ocho o nueve de la noche. Mi mamá hablaba por teléfono con alguna operadora y le decía que pensara un momento, que a quién se le ocurre que ella iba a llevar un cadáver a una clínica para ingresarlo por urgencias y poder que lo viera un médico cualquiera y lo declarara muerto.

No sé cuánto tiempo pasó, no debió ser mucho, hasta que Yuz me dijo que ella y Mauro se iban a ir a la funeraria a ver qué se podía hacer. Y yo me les pegué. Allá nos dijeron que claro, que la vuelta era breve: que ellos iban por Pacho a la casa y lo llevaban a la clínica, que lo “ingresaban” por urgencias –lo pongo en comillas porque seguro tendrán su protocolo, pues, su lado por donde los ingresan, no me imagino que alguien llegue a urgencias con un muerto cargado, a lo Rosario Tijeras, y pida turno y se siente a esperar que los atiendan–, que allá un doctor lo declaraba muerto y que luego, ellos mismos, lo llevaban al cementerio del norte para prepararlo y llevarlo al otro día a la sala de velación que nosotros dijéramos. Y así fue.

Y nosotros ahí, siempre detrás de ellos, como quien escolta, por penúltima vez, a ese fiel guardaespaldas que siempre nos cuidó. El mejor de todos, el del caminado lento pero ágil de mente. El jorobado de espalda, pero recto en valores. El de los cuentos sorprendentes. El de la paciencia infinita. El del amor bonito. El de la chiva: veeeee.

Lo que cuento acá en un párrafo en realidad pasó en algunas horas, con par pandebonos y ponymaltas de por medio, claro. El caso es que al cementerio fuimos llegando como a la una de la mañana. Mauro se quedó en el carro y Yuz y yo entramos a una oficina donde nos atendió un man que corroboró la información, nos pidió algunos datos, confirmó en dónde queríamos velarlo y enterrarlo, y nos llevó a una salita donde tenían unos ataúdes para que escogiéramos el que queríamos. Había dos: uno cuya “ventana” era rectangular y abría hacia el lado, y otro que tenía “ventana” en forma de cruz y abría hacia arriba, no sé si me haga entender. Yo le dije que el de la “ventana” cuadrangular.

Al otro día todo fue normal, era 2 de enero y la gente, supongo, de a poco volvía a su cotidianidad luego de despedir el año. Nosotros, en la funeraria, estuvimos creo que todo el día. Recuerdo que en la tarde fui con Yuz ahí a Palmetto a comprar unos zapatos para ponerme al otro día –y, dicho sea de paso, para ponerme cuando me inviten a cuanto matrimonio, bautizo o quinceaños haya por ahí, incluso hoy en día–. Recuerdo que a última hora –como siempre– llegó don Álvaro con los niños y doña Francia, casi no los dejan entrar porque faltaba un minuto para las diez de la noche, y a esa hora, a las diez, hacían salir a todo el mundo. Recuerdo que en la casa Mauro destapó una caneca de aguardiente y nos tomamos uno o dos traguitos, todos estábamos en la sala y, hablando de todo, llegamos al tema de quién iba a irse acompañando a Pacho en el carro fúnebre camino al cementerio. Todos pensábamos que tú, o al menos yo así lo pensé, pues era lo normal y, digámoslo así, lo predecible. Pero tú dijiste que no, que te querías ir en el carro con mi tío Freyder, entonces de inmediato yo dije que quería ser quien fuera al frente, con él, acompañándolo lo más cerca posible en ese, su último recorrido. Tú no dudaste en decir que sí, y eso, para mí, ha sido uno de los mayores honores de mi vida. Dijiste que te parecía lo más correcto, ya que él, según tú, tuvo cuatro grandes amores en su vida: tú –lógico–, Nelcy, la hermana, Yuceth y yo. Te juro que jamás se me pasó eso por la cabeza, es decir, solo hasta ese momento fue que dimensioné el gran amor que siempre me tuvo.

Uno en esos momentos piensa muchas cosas, o quizá sea lo contrario, a lo mejor no piensa mas bien nada. La noche se hace larga. Uno cree que estaba preparado, pero descubre que cinco años de convalecencia no preparan, solo aumentan la agonía de la espera. ¿Reír y agradecer por lo bueno, o llorar y llenarse de rabia por la injusticia de ese final? ¿Por qué alguien bueno tiene que terminar tan mal? ¿A qué ser se le ocurre eso? ¿Será así con todos los buenos? ¿Será que eso lo divierte? “Hey, mira, ahí hay alguien bueno, hagamos que sufra. Ah, quién lo mandó a ser bueno, nadie le dijo que lo fuera”. No sé quién merezca pasar sus últimos meses de vida así, sin reconocer a sus seres queridos, sin valerse por sí mismo ni saber siquiera quién fue en el pasado ni ser consciente de la existencia de un futuro. No sé quién lo merezca, digo, pero definitivamente Pacho no. Todo lo contrario.

***

Sé que eres una valiente. Eso es quizá lo que mejor te define: tu valentía. También tu amor –por supuesto–, tu nobleza, tu don de servicio, tu inteligencia, tu alegría y ese largo etcétera que creo que tienen todas las abuelas, pero me quedo con tu valentía.

Nunca olvidaré el momento en que te paraste a leer en la misa del entierro de Pacho. Estábamos en primera fila. Yo al lado de Yuz, y Yuz al lado tuyo. Todo transcurría como transcurren las misas en los entierros y hasta ahí todo bien. De un momento a otro tú le hablaste a Yuz y ella empezó a buscar algo en tu bolso, buscaba y buscaba y removía y removía cosas y seguía buscando y nada, entonces tú, con el afán de quien siente que se le va el señor de la mazamorra –perdón la metáfora, no soy muy bueno en esto de escribir, pero me pareció una divertida imagen mental: alguien que está apurado buscando una olla para echar la mazamorra, ¿no? Sí, tal vez no–, cogiste el bolso y buscaste tú misma eso que tanto necesitabas: las gafas. Las cogiste rápido y, con el afán de quien encuentra la olla para salir detrás del señor de la mazamorra, te paraste y le dijiste al padre que querías hacer las lecturas. Y fuiste y las hiciste.

¿Cómo alguien es capaz de hacer eso, de tener un dolor en el alma, tan grande como ninguno otro, de tener el peor de los nudos en la garganta y salir a leer con tanto coraje sin ni siquiera enredarse en media silaba? Esa imagen representa para mí todo lo que tú eres.

Parada ahí, enfrente de todos, no solo estaba una viuda más.
Estaba la señora alegre, que le gusta la fiesta.
Estaba la líder de ese montón de viejitas que hace lo que ella diga (o proponga, pues)
Estaba la tía preferida de los Pérez.
Estaba la trabajadora que sacó a sus hijos adelante, la que hubiese sido capaz de vencer todo y cuanto se le pusiera por delante.
Estaba la devota que tiene tan ganado el cielo como lo podría tener ganado la mismísima mamá del Papa.
Estaba la noble, la comprensiva y la alcahueta. La que llora en silencio y se ríe a carcajadas. La que poco se enoja ni conoce rencores.
Estaba la mamá de mi mamá, la que supo nunca entrometerse en nuestra crianza y educación –no sabes cuánto lo agradezco–, pero siempre estuvo ahí guíando, cuidando y protegiendo.
Estaba la que en vacaciones me ponía los pandebonos en el canasto para que los cogiera de ahí cuando me despertaba a las 9 o 10 de la madrugada.
Estaba la que le gusta hacer las cosas buenas sin que nadie se entere. La que, sin pretenciones, prefiere que su trabajo y sus acciones hablen por ella.
Estaba la que hacía la novena de la virgen todos los 24 de mayo en la casa para luego llamar a mi tío Freyder y darle tremenda serenata con todas las viejitas.
Estaba la abuela más querida por todo Santa Elena.
Estaba la que todos aman. La que todos respetan. La que todos admiran.
Estaba mi abuela.
Estaba la señora bonita.

***

En cuantas vidas yo viva, en todas te amaré.

Algo así puso el mediocampista del Chapecoense Cléber Santana antes de subir al avión y morir en aquella tragedia que a todos nos tocó. Nos tocó por televisión, como preferimos, pero nos tocó al fin y al cabo.

En cuantas vidas yo viva, en todas te amaré.

Muchos lo adjudican como un mensaje premonitorio. Para mí no es más que la infinita fortuna de haber dejado –sin saberlo, obvio– un mensaje de despedida. Qué suerte –aunque “suerte” no es el mejor término para este caso–. Qué dicha. Si algún día me conceden un último deseo, escogería poder despedirme.

En cuantas vidas yo viva, en todas te amaré.

Me gusta ser el menor. Me gusta el año en que nací. Me gusta que mi mamá me haya tenido a los 34. Me gusta haber crecido en el primer piso cuando tú vivías en el segundo. Me gusta haber vivido luego en el segundo y tú en el primero. Me gusta que ahora vivamos juntos. Me gusta sacar cosas de tu nevera como si fueran mías. Me gusta entrar a pesarme a la báscula que tienes en tu cuarto. Me gusta que me digas Julio. Me gusta que me digas Canillas. Me gusta la infancia que tuve. Me gusta que seas del Cali. Me gusta que digan que nuestra cabeza tenga la misma forma –e incluso nuestro pelo–. Me gusta haber crecido en Santa Elena. Me gusta que me cuentes las historias de tu infancia. Me gusta haberte ayudado en lo que estaba a mi alcance cuando organizabas la entrega de velones en Semana Santa. Me gusta que los regalos de la Navidad del 2013 los hayamos abierto el 31. Me gusta no haber recibido ni el más mínimo reproche tuyo. Me gusta creer que entiendes y en parte respetas las decisiones que, para bien o para mal, he tomado. Me gusta que nunca me has juzgado. Me gusta que me pidas que te lleve al cementerio. Me gusta no tener absolutamente nada malo que decir sobre ti. Me gusta De qué callada manera de la Sonora Poceña. Me gusta tu nombre. Me gusta coger tu bastón. Me gusta ser tu nieto.

En cuantas vidas yo viva, en todas te amaré.

El anillo de Pacho que me diste es, por mucho, el mejor regalo que me han dado en la vida. Y dudo mucho que puedan superarlo.

En cuantas vidas yo viva, en todas te amaré.

En cuantas vidas yo viva, en todas te amaré, abue.
(Aunque si puedo elegir, no quisiera vivir otra, suficiente tengo con esta).

En cuantas vidas yo viva, en todas te recordaré.

***

Soy lo que soy gracias a mi mamá, y tengo la sospecha de que ella es lo que es gracias a ti. O sea que, si aprendí a hacer reglas de tres en el colegio, eso vendría significando que yo también soy lo que soy, en gran medida, gracias a ti. Y eso siempre lo tengo muy presente. Y eso trato de honrarlo cada día de mi vida, y me odio cuando no lo hago. Cuando por X o Y no me comporto como un descendiente tuyo debería hacerlo, me odio; cuando no ayudo a las personas pudiéndolo hacer, me odio; cuando no saludo a la gente desconocida que me encuentro en la calle, me odio; cuando dejas de pedirme un favor porque crees que me molestaría, me odio; cuando desaprovecho una tarde de sábado durmiendo, leyendo o viendo televisión pudiendo estar contigo preguntándote todo lo que quisiera saber y oyendo todo lo que me quieras contar, me odio; cuando tengo que recurrir a escritos como estos porque no soy capaz de decirte estas cosas de frente, me odio; cuando no me decido a perdonar a mi papá, me odio.

***

Cuando llegue el momento, cuando te llamen no a rendir cuentas sino como asesora para mejorar este horrible mundo, ten la tranquilidad de haberlo hecho más que bien. De haberlo logrado. Porque creo que uno de los propósitos de la vida es darle a los suyos una vida mejor que la que uno tuvo, y tú, eso, sin duda lo hiciste con creces. Tenlo claro para que estés tan orgullosa de ti como nosotros lo estamos.

***

Si Dios hizo las madres para que hicieran el trabajo que él no puede, no me imagino entonces para qué hizo las abuelas. Porque unos nacen ricos o genios o con muchísimo talento para volverse ricos o genios, otros simplemente nacemos y nos toca una abuela como tú.

***

Conozco a mucha gente, y tú eres la mejor persona que conozco.
(Bueno, en realidad estás empatada con mi mamá).


Con el amor de quien te debe gran parte de su vida,

“Canillas”.





sábado, 23 de julio de 2011

A mi padre, otra vez

"Las horas largas y la vida breve"
Vladimir Jankélévitch


Antes que nada lamento haberte escrito esas cosas que te dije por este mismo medio hace un buen tiempo. Lo escribí con la cabeza caliente, es el texto que menos me he demorado en escribir en toda mi vida. Escribir es una actividad que se me hace muy difícil -me demoro madrugadas enteras escribiendo cualquier cosa-, pero ese día la rabia, junto con el deseo de demostrar quién era más a la hora de ofender, hicieron que escribiera sin pensar y, por ahí derecho, que dijera lo que dije aquella vez.


No soy persona de arrepentimientos, podría decirse que gracias a ese acontecimiento por lo menos Javier -a quien todavía no sé por qué aun estimo- volvió a escribirme y por medio de correos electrónicos acordamos que seguiríamos teniendo una relación fraternal. Aunque, todo hay que decirlo, a dicha relación le salen lunares cada vez que me entero que viene a Colombia y no tiene el gentil detalle de venir a saludarme. Sus razones tendrá. Pero ese no es el tema.

Creerás que vuelvo a dirigirme a vos para enviarte el veneno que no alcancé a mandarte aquella vez por medio de mis palabras. Yo de ti creería lo mismo, pero no.

Te escribo para que sepas que a pesar de todo reconozco que sos un buen hombre, un buen hombre al que la vida y yo te cobramos caro los errores que cometiste. Lamento que hubiéramos terminado la relación padre-hijo de esa forma. No sé en qué momento rompimos ese vinculo que nos unía, ambos sabemos que no solo se trata de la pelea de aquel 31 de diciembre, eso solo fue la gota que rebosó la copa, lo de nosotros se venía deteriorando desde antes, creo que desde siempre.

A veces -medio en serio medio en joda- le digo a mi mamá que ella es la mejor madre del mundo, que no cabe la menor duda, pero, con todo y eso, no supo escogerme ni padrinos ni papá.

Con lo de mis padrinos -¿cómo es que se llaman?- frunce el ceño y dice que eso es culpa tuya, que vos los escogiste. Con lo del padre sí se pone seria y argumenta que vos eras una excelente persona, que te hiciste cargo de tu madre y tus hermanos cuando quedaron huérfanos de papá. Que trabajaste muchísimo para sacarlos adelante. Agrega que no sabe qué pasó cuando se casaron que cambiaste tanto. Te volviste un bebedor, un patán, un… mejor no hablemos de eso.

Mi madre siempre trató de persuadirme para que te perdonara, para ella también fue duró saber que su hijo estaba lleno de sentimientos negativos. Sé que voy a ser padre, no ahora, claro, pero algún día lo seré. De hecho quizá sea mi mayor sueño. Ella me dice que precisamente por eso es que debo perdonarte, porque yo algún día seré padre y tal vez, Dios no lo quiera, me pase lo mismo que pasó con vos. Yo le digo que al contrario, que es precisamente por eso, porque me pasó eso con vos es que yo seré el mejor padre del mundo. Eso te lo prometo a ti, a ella, a mis hijos. Ya veremos, el tiempo lo dirá.

Se equivocan quienes dicen que yo guardo rencor en mi corazón, mi corazón es tan pequeño que no hay lugar para el rencor. Nunca te he deseado el mal. Si no te perdono es porque ya no hay ningún vínculo contigo, mis sentimientos hacia ti son nulos, ni buenos ni malos: nulos. No me imagino volver a decirte papá, no me nace, no me sale. Eres un desconocido para mí.

Valoro los intentos que hiciste de acercarte después de que peleamos aquel 31 de diciembre de 2004, infortunadamente fueron solo eso: intentos. Intentos porque tu verdadero gesto vino 3 años después, demasiado tiempo. Ya no había nada por rescatar. Absolutamente nada. Nunca he llorado tanto como la vez que recibí esa carta. Primero quise devolvértela, después pensé en romperla y tirarla a la basura, pero terminé quedándome con ella y aun la conservo.

Siempre admiré tu excelso humor. Él mío es igualito, así, en ocasiones hasta incomprendido. Mi humor es tan negro que a veces se hace trenzas y rapea. Por desgracia así también se convirtió mi alma.

Nadie jamás pudo llenar el vacío que dejaste, ni mi mamá. Lo digo porque a ella a veces le ofende mis sarcasmos. En cambio, podría apostar que vos al menos te reirías de mis desfachatadas ocurrencias, así fueras vos mismo la víctima.

No creas, viejo –creo que así te diría si te hablara-, yo también he pagado muy caro el haber cortado relaciones contigo, me he refugiado en una soledad totalitaria, gigante, traicionera. Dejé de ser amiguero, desarrollé la estúpida cualidad de alejar a las personas que de una u otra forma quisieron acercarse. Con nadie hablo de mis asuntos, no tengo con quien debatir temas que me apasionan, a veces con Jair hablo de política pero a él el uribismo lo tiene cegado. Sé que contigo podría pasar horas hablando sobre cualquier cosa: si es de publicidad yo te enseñaría; si es de derecho, seguro serías tu el que me ilustraría, como siempre lo hiciste. Y así, sé que te leerías los libros que te recomendara, siempre mostraste un profundo interés sobre mis gustos, mis pasiones. Como la vez que compraste los uniformes de futbol para que jugáramos los interclases en el colegio, eran de La Roma, ¿te acordas el golazo de tiro libre que hice en el primer partido? Íbamos perdiendo 1-0 y con ese gol empaté, luego mi compañero Henao anotó el de la victoria a tan solo minutos que se acabara el partido. ¿Quién iba a pensar que ese iba a ser el último partido que me irías a ver? ¿Quién iba a pensar que estábamos a dos meses de pelearnos y dejar de hablarnos de por vida? Siempre me gustó que me fueras a ver jugar futbol.

Recuerdo también cuando me compré -¿o me compraste? No recuerdo bien- el CD de los Red Hot Chili Peppers, me arriesgo a decir que nunca habías oído hablar de ellos, sin embargo me pediste que te quemara el CD para que lo pudieras escuchar y así hacerte a una idea de cómo era mi gusto musical. Gusto que, apropósito, debo haberlo sacado de ti –y muchísimas cosas más- porque ¿cómo se explica que a mí me encante Piero, ah? Dime por favor que a vos te gusta, yo no sé, no recuerdo bien, pero podría apostar todo mi capital –que en estos momentos son $42.000- a que simpatizas con Piero. Siempre que lo escucho me acuerdo de vos. La primera vez que oí más de dos canciones seguidas de él fue como un año después de que peleáramos, daban un concierto de él en Telepacifico y yo, sin siquiera saber de quién se trataba, dejé de cambiar los canales y me quedé ahí oyéndolo cantar. De inmediato fui a bajar de internet muchas de sus canciones. Me encantó.

Sé que has tratado de estar al tanto de mis cosas lo más que has podido, supongo que sabes qué estudio, en qué semestre voy y cómo me ha ido. Solo te puedo contar que soy inmerecidamente afortunado. Si no me ha ido mal en la vida es porque Dios es pana mío, no porque yo no haya hecho meritos.

Lamento lo que nos pasó, de verdad, lo lamento muchísimo. Pero las cosas seguirán igual.

PD: Ruego el favor que le digan a Javier David, la próxima vez que venga, que si se quiere venir a quedar a mi casa algunos días como la otra vez.

PD2: Algunos dirán, como la vez pasada, que estas cosas tan personales no se publican. Ante eso no puedo (ni quiero, más que todo) debatir. Simplemente déjenme, así soy yo.

viernes, 1 de julio de 2011

Segundo año

"En la vida me han hecho tantos elogios inmerecidos,
que bien me puedo aguantar una crítica inmerecida" Lichtenberg

Soy el primero en lamentar que se haya perdido parte del entusiasmo con el que inicié este blog hace exactamente 24 meses. Durante el primer año conté cada cosa que me pasaba: que me operaron el pirulo, que me fracturé, que fui a sacar la libreta militar, en fin; todos esos acontecimientos dignos de contar fueron escritos y publicados con tal dedicación que la pasión que le cogí a la escritura es casi comparable con la que le tengo a la publicidad, al fútbol y a la lectura. Casi comparable, digo, pero ahí va llegando.

Decía que en los primeros 12 meses del blog fue tal el entusiasmo, que para celebrar el primer aniversario hice un especial donde conté con la colaboración de 17 generosas personas quienes se tomaron el trabajo de escribir algo para este blogcito. A todos ellos mil y mil gracias de nuevo. Esta vez no tendremos nada por el estilo -aunque doña Yaneth me ha hecho saber reiteradamente su deseo de volver a escribir para el blog, pero aún no me decido a complacerla con eso, supongo que de nuevo contará anécdotas sobre mí y no sé eso qué tanto pueda perjudicarme-.

Durante estos 2 años han pasado cosas muy bacanas con el blog. Quienes conocen la esencia del mismo saben que este no es un blog pretencioso -aunque al decirlo públicamente caigo en aquella pretención que tanto me fastidia-. Cosas muy bacanas, decía, como la vez que una amiga llamó a La W a recomendarlo; o cuando Daniel Samper Ospina, Jaime Bayly y otro par de autores que admiro tuvieron la gentileza de decirme que leyeron el blog y, además, dizque les había gustado -no es que dude de su buen criterio, pero, bueno, dejemos así-; o cuando me entrevistaron en el programa de televisión Tiempo Real -vivo apenado con esa gente por todo el rating que seguro les hice bajar-.

En fin, esas cosas quizá se las cuente durante este mes en algo que podríamos llamar “24 Anécdotas, cosas y datos sin importancia –reales o no- que usted no sabe sobre El Hijo de Yaneth (el blog)”, digo quizá porque aun no lo he escrito y me da vaina no cumplirles. El caso.

A comienzos del 2011 sentí los primeros síntomas de dicho entusiasmo perdido: los momentos que reservaba para escribir los terminaba utilizando para devorarme los libros que me compra mi mamá –siempre he admirado su insaciable lucha para sacarme de la ignorancia en la que regularmente me sumerjo-; las historias que se me ocurrían me parecía algo insulsas, sabiendo que en el pasado seguro las hubiera hallado fascinantes para contarlas –tengo muchos apuntes, borradores y textos inconclusos; como la vez que me presente en Protagonistas de Nuestra Tele. Estoy seguro que si la hubiera terminado, seguro les habría gustado al menos un poquito-; y ni hablar de las veces que me decidí a publicar y me demoraba semanas enteras terminando el texto, cuando antes lo hacía en tan solo dos madrugadas. Son comportamientos naturales que, si uno no hace nada para superarlos -como es mi caso- terminan ganándole la batalla a uno. Además siempre me ha gustado hacer la cosas de buena manera, por eso no concluí los textos que les hablé anteriormente, porque no me sentía bien con ellos, creía que si los publicaba así, mediocres, sin gracias, insulsos, estaría engañando el poco público que me lee, que no les estaba ofreciendo lo mejor de mí. En fin.

Igual no me quedé sin escribir, lo hacía pero en otro lado: en páginas de Word que nunca verán la luz, en twitter, en mis libretas de apuntes, incluso en un trabajo que hasta ahora no se ha visto remunerado. Por fortuna no he dejado de escribir. Y espero, por mi estabilidad mental, que nunca deje de hacerlo. Aunque primero va a estar mi carrera, mi fútbol, mi lectura y mi familia.

jueves, 5 de mayo de 2011

La profecía

Desde que hay carro en mi hogar, una pelea muy recurrente que tengo con mi mamá es que a ella no le gusta que ande muy rápido, se le alteran los nervios, se prende del asiento del copiloto de donde puede -tal cual garrapata- y me pide muy sulfurada que le baje a la velocidad.

Un día, por ejemplo, íbamos ella, mi abuela y yo rumbo a Yumbo a visitar a unos familiares, en el viaje me jodió todo el camino para que le bajara a la velocidad: “papi, bájele”, “papi, bájele”, “papi, bájele”, decía. “Tranquila má”, “tranquila má”, tranquila má”, le respondía. Y mi abuela callada.

La carretera estaba en perfecto estado, íbamos de día y la velocidad no superaba los 100 kilómetros por hora.

Me azaró de tal forma que mi reacción fue contestarle duro, le dije que me dejara manejar tranquilo, que no me dijera más nada y que de no ser así, que bien podía coger las llaves y seguir manejando ella, que yo me devolvía para Cali sin importar que ya estuviéramos a mitad de camino.

Esa vez la discusión quedo ahí, pero un día, hablando con mi hermana y otros allegados, salió el tema a colación y mi mamá nos confesó que a ella no le gusta que uno maneje rápido porque "uno nunca sabe que puede pasar" y, sobre todo, porque de pronto –y cito sus propias palabras- “se sale una llanta”.

A mí me dio entre risa y rabia ese argumento, ¿por qué siempre tienen que pensar –y generalizo porque sé que así son la mayoría de las mamás- que algo malo va a pasar? Uno tiene que ser precavido, sí, tener cuidado y todo lo que ellas quieran, ¿pero que se salga una llanta? O sea, mamá, si se sale una llanta nos matamos. Punto. Vaya uno a la velocidad que sea. Nos matamos.

Hace poco un comercial decía que las mamás ven el futuro, y puede que sea cierto, pero, como diría “Suso el paspi” -héroe de barro de nuevas generaciones-, eso es “interesante pero discutible”. Tal vez ese poder de pitonisas sólo les sirve cuando se trata de cosas malas. Porque vaya y digan: “hijo, no te preocupes por no haber estudiado para el parcial, algo me dice que lo vas a ganar”. No. Seguro no sucede.

En cambio lo ven a uno estudiando toda la semana, trasnochando, y el día del parcial se les ocurre decir: “ay mijo, váyase media horita más temprano, uno no sabe que pueda pasar, ¿Qué tal que se vare el bus?”. Y uno no les hace caso y tenga, fijo se vara el bus, uno llega tarde y no lo dejan entrar a presentar el parcial -aplica también para atracos, tronchadas de pie, aguaceros, y, quien lo fuera a imaginar, para situaciones relacionadas con las llantas del carro-.

Hace poco llevaba a mi hermana al trabajo muy a las 5:50 a.m., todo parecía normal: iba por la “Simón Bolívar”, la velocidad era apenas la que requiere una vía tan importante como esta y, después de haber pasado varios días, Julito seguía hablando de la boda real –para mí que le quedó gustando el príncipe Harry, pero no se lo sostengo a nadie-; entonces de repente veo que el carro que iba delante de nosotros esquiva con mucha brusquedad un elemento no identificado que hacía las veces de obstáculo en toda la mitad de la carretera. Yo, como no tuve oportunidad de verlo a una distancia considerable para evitarlo a toda costa, terminé pisando con una de las llantas delanteras lo que resultó ser una roca tan grande como un melón y tan deforme como la cara de Valencia Cossio. La pinchada fue fija. Mi hermana se fue en taxi hasta el trabajo y yo quedé ahí a la deriva.

“¡Piensa Julián, piensa!. ¿Qué haría una mente brillante en un momento como estos?” Repetía yo mientras me desanimaba: no es culpa mía que a mi mente no le echaran ega después de haberla construido para que quedara brillante.

¿Qué hacía, ah? Nunca me había pinchado, nunca me había quedado así tan varado. Yo antes era muy pinchado –o al menos eso decían- pero en cuestión de llantas era mi primera vez. Tampoco me he comido una gordita, como para decir que sabía algo sobre la manipulación de neumáticos. Pero nada, mi experiencia con cualquier tipo de llantas, como ya lo dije, era nula.

Pensé en llamar a mi amigo Lozano, a quien siempre le han gustado las “barbie-chonas”, pero cuando saqué el celular éste estaba descargado. No quiso prender. No podía ser más de malas: pinchado e incomunicado. Ah, y sin bañarme, solo faltaba estar sin plata. Y pues, bueno, en la puerta tenía las moneditas que le doy a la gente para que me cuiden el carro. Con eso me despinchaba, ¿no?

El caso. Intenté e intenté pero el celular no quiso prender. Le pedí a Dr. House –el único Dios en quien confío con los ojos cerrados-, pero nada, no prendía.

5 minutos, solo necesitaba 5 minutos de batería para llamar al seguro. Pero fue imposible. Miré al alrededor y ni siquiera vi algún puestico de esos que venden minutos -razón por la cual le pegaré un calvazo al próximo que escuche decir que "esa clase de cosas están en todas las esquinas"-.

Soy de las personas que se las pica de autosuficiente y no le gusta pedirle favores a extraños, ni siquiera me gusta hablar con extraños, si saludarlos, ni mirarlos, nada. A no ser que sea una vieja bien buena, claro, ahí sí le hago de todo tan solo con la mirada. Pero ese es otro tema.

Decía que no me gusta pedir favores a gente que no conozco, pero en esa coyuntura, en esa penosa situación, no quedaba mas que poner cara de buena gente y pedirle a un transeúnte que me prestara por un instante su celular.

No era fácil, yo sé, tanto para mí como para la otra persona. Nadie espera que, después de haber madrugado por la mañana, se te acerque un desconocido con cara de yo-no-fui a pedirte prestado el celular mientras tú lo único que quieres es que pase rápido el bus que te lleva al trabajo.

No tenía otra salida, así que así fue: me le acerqué a un man, le comenté lo que me había pasado, que tenía el celular descargado y que necesitaba llamar al seguro para que vinieran por mí, o algo así. El man al comienzo estuvo un poco escéptico pero al final me pasó su celular con algo de miedo. Y no era para menos, pues, lo que me estaba pasando no era otra cosa que un BlackBerry.

Ahí volví a agradecerle a mi Dios el haberme hecho fanático del Deportivo Cali. Sí, menos mal soy caleño y no tengo cara de hincha americano. Los rasgos físicos del “azucarero” inspiran, ante todo, mucha confianza; en cambio un americano… bueno, dejemos así. Solo espero que no me malinterpreten, no estoy diciendo que todos los hinchas escarlatas sean ladrones. No. Tengo buenos amigos americanos y sé que no es culpa de ellos haber nacido con ese problema en la cabeza, con el tiempo he aprendido a comprenderlos; solo que, dándome la libertad de acomodar una frase de mi amigo Daniel Samper Ospina, es importante resaltar que si bien no todo hincha americano es ladrón, sí todo ladrón es hincha americano. Pero no nos desviemos del tema.

Llamé al seguro –cuyo número lo tenía en la guantera del carro- y me dijeron que por ser la hora que era, no me podían prestar asistencia mecánica, pero sí el servicio de grúa. Les dije que no importaba, que lo que fuera, que lo importante era salir de eso cuanto antes.

Al colgar quise hacerle una broma al man que me había prestado el celular: pensé en hacer el amague de salir corriendo pero después lo pensé bien y decidí no hacerlo, hoy en día uno no puede hacer esas gracias, por cosas menores han pelado a más de uno, y yo aun no estoy en edad de salir en el “Q´hubo”. Ya me imagino el titular del periódico: “pinchado por partida doble”, o “lo quebraron después de pinchar una llanta, ahora su mamá se quiebra en llanto”. Definitivamente no era ni momento ni hora ni lugar para dármelas de chistoso.

Entonces me armé de paciencia, la vieja del seguro me había dicho que la grúa llegaba más o menos en una hora y yo debía buscar la forma de hacer de esa espera lo menos aburrida posible. Lo que hice fue pararme al lado del carro y ver a los demás autos mientras pasaban.

De repente pasó un agente de tránsito por ahí y al verme varado se acercó a preguntarme qué había pasado:

-Venía por acá por la Simón Bolívar y una hijueputa piedra grandísima que estaba en la mitad de la calle me pinchó la llantica –le dije.

-¿Te pinchó una piedra? Huy, que piedra –el muy marica era picado a que bromeaba con su juego chimbo de palabras. Seguro ese día había desayunado payaso.

El agente de tránsito notó que no me había gustado su intento de chiste porque no le dije nada y me limité únicamente a mirarlo feo. Entonces se puso serio:

-¿Y la llanta? –preguntó.

-¿Cuál llanta? –le respondí fríamente.

-El repuesto.

-Ahí dentro del carro. Tengo 5, ¿no los ve?

-No.

-Ahí están: dos adelante y tres atrás. No son puestos cualquiera, déjeme decirle: son los re-puestos.

El tonto ese al comienzo se rió de ese chiste tan bobo pero luego me dijo seriamente que tratara de despincharme rápido, que mirara toda la congestión que se había armado por mi culpa. Yo le dije que bueno, le expliqué que para mí no era divertido estar ahí pudiendo estar en mi casa durmiendo y le comenté que la grúa ya estaba por llegar.

Pasadita la hora llegó la grúa, el operario me saludó muy amablemente, hizo lo que tenía que hacer y en cuestión de un par de minutos ya íbamos camino a la casa. A la casa mía de mi mamá.

Al llegar lo primero que hice fue entrar al hogar y poner a cargar ese tiesto que tengo como celular, después llamé a mi mamá y le conté lo que había pasado.

-Qué hubo, má, me pinché en el carro.

-¿Qué me dijiste?

-Que me pinché en el carro, mamá.

-Hábleme más duro.

-¡Que piché en el carro!

-¡¿Qué?! –gritó alarmada.

-Ah, eso sí lo entiende, ¿no? –definitivamente uno oye lo que quiere oír- que me pinché en el carro, mamá, pinchar del verbo “se volvió mierda la llanta”.

-¿Pero cómo?

Entonces le narré los pormenores del asunto, le dije que había llamado a la grúa y que no se preocupara que ya estaba en la casa.

-Ah bueno –me dijo- cambie la llanta.

-¿Cómo así que cambie la llanta, yo acaso sé hacer eso? Además, ¿Qué llanta voy a cambiar, dónde está la otra?

-La de repuesto está ahí, debajo del carro.

-¿Debajo del carro? –le pregunté entre escéptico y asombrado- ¿cómo va a haber una llanta debajo del carro? ¿No estará mas bien en la bodega?

-Ay hombre, no sea terco que ahí está, debajo. Carolina la vio el día que le hicimos el peritaje al carro, ella me dijo, agáchese y verás –Carolina es una amiga de ella del trabajo, a quien, de ser cierto lo que dice mi mamá, voy a boletearla mencionándola acá por ahuevada. ¿Cómo va a decir que la llanta estaba "debajo del carro"?-

A mí se me hizo muy raro eso, pero como no sé nada de carros, le di el beneficio de la duda y fui a buscar la dichosa llanta que supuestamente estaba debajo del carro. Me agaché por un lado, por el otro, una vez, dos veces, pero nada, yo no veía absolutamente nada. Se la habrán robado, pensé, no falta el enanito en los parqueaderos robándose las llantas de repuesto que están debajo de los carros. Seguro es hincha americano, o político.

Entonces acudí al ser que suele sacarme de situaciones adversas como estas: “el Fi” –a los lectores nuevos le digo que se pronuncia “fai” y que no voy a decirles quien es porque en muchas publicaciones pasadas lo he mencionado. Hagan de cuenta que es mi hermano mayor, confórmense con eso-.

Fui a la casa del “Fi”, la cual queda a la vuelta de la mía y teniendo en cuenta la gravedad del asunto –yo tenía que ir a la universidad-, me vi en la penosa obligación de despertarlo y pedirle que me ayudara a despinchar como fuera. En ese momento ya eran la 8:30 de la mañana, más o menos.

El “Fi” como siempre tuvo toda la disposición de ayudarme con aquello, apenas lo desperté se paró de la cama y juntos vinimos a mi casa a ver como hacíamos. Él abrió la bodega y sacó –yo no sé de dónde porque nunca había visto eso en mi carro- todo lo necesario para hacerle esa delicada intervención quirúrgica al auto. Sacó un gato, una cruceta, un kit de emergencia y –quien fuera a imaginarlo- hasta una llanta de repuesto.

Hay que desatornillar la llanta –en la mayoría de los casos la que se quiere cambiar, no se recomienda hacerlo con las otras, ahí les tiro el dato-, eleve el carro con el gato -el cual, dicho sea de paso, debe ser uno mecánico; no creo que ni el “gato” Pérez, ni el “gato” Arce, quien además es amigo de esta casa, sean capaces de alzar un carro por sus propios medios-, quite la llanta, ponga la de repuesto, baje el carro con el gato, atornille la nueva y listo. Sencillo. Ya hasta me aprendí los pasos.

Quedé hecho un lulo en materia de despinchandas, tanto es así que cuando les pase, si no saben del tema, no duden en llamarme que yo de una voy y los asesoro. No importa donde estén, no importa la llanta de repuesto: no se preocupen que en caso de que no la tengan, le decimos al “gato” Arce que vaya al parqueadero más cercano y se robe una de algún carro que la tenga por debajo. Por mis lectores lo que sea.