miércoles, 11 de agosto de 2010

Bodies

Confieso que soy un pobre tipejo lleno de prejuicios. Siempre hago un juzgamiento –regularmente de forma negativa- de las cosas sin antes conocerlas. Me pasa con todo: presidentes, compañeros de estudio, profesores, novias, putas (que por lo regular son las mismas), películas, libros, etc. Infinidad de cosas. Es uno de mis cinco mil doscientos setenta y tres defectos de fabrica, en serio no lo hago de aposta, por eso pido que no me juzguen –vaya ironía-.

Hace poco –por ejemplo- mi mamá me trajo un par de bóxers. Unos finos, de los caros. No eran de Herpo, donde los compra mi amigo Camilo José, un guisito que conozco por ahí –no soy elitista, no tengo nada en contra de los que usan calzoncillos comprados en Herpo. Supongo que allá también venden modelos muy bonitos y exclusivos: (¿que-se-yo?) unos bien burdos que en el frente llevan un estampado que dice ‘todo esto es tuyo, garosa’, una vaina así, esos que usaría Marbelle si fuera hombre-.

Decía que mi querida madre me trajo eso, y yo, con lo malagradecido que soy, no fui capaz de detallarlo y de una sentencié que no me habían gustado.

-¿Pero por qué? Si así se están usando –exclamó ella. Y con toda razón, los bóxers eran de un solo tono pero con colores vivos: uno era morado (no el morado emo, sino un morado bacano) y el otro era rojito (no un rojo pasión, sino un rojo escarlatanaranjado), bastantes chuscos la verdad

-No sé, mamá. A mí me gustan negros, azules oscuros, grises… vos sabes que yo soy como más clasicongo

Entonces me dijo que yo por que era así, que por qué le decía no a todo, que yo no había visto las cosas –o probado, en el caso culinario (ojo a las malinterpretaciones)- y ya decía que no me gustaban, que eran feas.

Dos o tres segundos después de que callara, una parte de su melodiosa voz subió hasta mi mente y chocó de lleno contra mi conciencia. Así, y solo así, fue cuando en realidad le presté atención a lo que me decía. Comprendí el sentimiento, lo que no sé ve, lo que le da valor a las palabras. Y me odié, me odié por haberle hecho ese desplante, me odié como solo sé odiarme cuando la defraudo; cuando está en busca de palabras bonitas, de un te quiero, un te amo, y yo le contesto con patanería, con la peor de mis groserías. Cuando quiere un beso, uno fuerte, sonoro y cariñoso; pero si mucho le ofrezco un insípido abrazo. No merece un hijo que no le demuestra lo mucho que la ama, un hijo cobarde, eso es lo que soy, un cobarde que solo es capaz de decirle esto por medio de letras pegadas en una pantalla, sin poder mirarla a los ojos.

-Bueno, si no los quiere… -sin darme cuenta ya me los estaba arrebatando de la mano

-No, no, no, quieta en primera parcera, déjeme los cuquitos sanos. Mire que hoy mismo me los voy a estrenar

-¿Para donde va?

-voy a jugar un torneíto de Póquer

-Ay ¿Cómo así? Yo quería que fuéramos a Boris

-¿Quién es Boris?

-Pues Boris, la vaina esta de los cuerpos disecados

-Huy, ¡tenaz! ¿Cómo van a disecar a don Boris? Dios lo guarde en su gloria

Yo sabía que mi mamá se refería a Bodies, la exposición aquella donde cogieron a una cantidad de chinos y al mejor estilo de los falsos positivos los metieron a un cuarto, les echaron quién-sabe-qué-cosa, los pusieron en varias posiciones y los introdujeron en un sueño del cual nunca despertarán, o al menos eso espero -¿imagínese que uno esté en plena exposición y se mueva un chinito de esos? Yo no sé ustedes pero yo me cago, literal, y en bóxers nuevos…-.

-Vea Julián, vaya y acompañe a mi mamá, Bodies está solo hasta mañana y ella quiere ir –me advirtió mi hermana

Yo acababa de llegar de jugar futbol y ya era de noche, por lo que me tocó bañarme en parpa (par patadas) y vestirme en 6 (o sea en un dos por tres).

Fue una lucha contra reloj, estaba prohibido desaprovechar si quiera medio segundo, como será que para ahorrar tiempo oriné en la ducha y todo –bueno, siempre lo hago, solo que esta vez tenía la adrenalina de la maratón en la que estaba-.

Eso era: abra la llave del chorro, meta el pie izquierdo, meta el derecho, meta la cabeza –la de arriba-, meta las manos, el tronco, el pirulo, ¡mierda! esa agua está muy fría, cierre la llave.

Lo mismo fue con el jabón: enjabone aquí, enjabone allá, que la chucha, que el pirulo –un pirulo bonito, de revista y sin empaque-, que el trasereins, las piernas… todo eso. Y seguí: que vuélvase a enjuagar, que el acondicionador, luego el shampoo, etc –la echada del acondicionador antes del shampoo fue un error de cálculos, pero como estaba de afán no le presté mayor importancia-.

Recuerdo que la noche estaba fría –y oscura-, tanto, que cuando salí del baño me agarró el chiflón. No lo había sentido, se los juro, ni siquiera lo vi llegar. Me agarró por la espalda, luego pasó al pecho y terminó dándome una leve sensación de frío en la bolas –lo que me dio pie para suponer que en realidad se trataba de una chiflona ¿no?-.

Ya a salvo, en mi cuarto, terminé de secarme bien, me puse los ‘yiyos’, las medias y los tenis (imagínense ese cuadro) y me fui pa’l baño a verme en el espejo. El resultado es contundente: los bóxerscitos me quedan bastante coquetos, para que pero si, bien coquetos, déjenme decirles.

Era como las 7:00 p.m. y mi hermana no podía ir a acompañarnos porque ella ya había ido a ver la exposición con mi cuñado, además ese día había traído a la casa -por primera vez en mucho tiempo- a las amigas bonitas de la universidad.

Es en serio, no es que no hubiera traído nunca a las amigas, no: lo que pasa es que siempre llegaba con las más feas. Era (es) un vicio terrible, llegué a pensar que mi hermana solo se juntaba con las menos agraciaditas, que era la Aura María del cuartel de las feas de la escuela de enfermería de la Universidad del Valle.

Yo no sé si no las vi bien o que, quizá no las detallé como debía; en todo caso me quedó la impresión de que una de ellas se merecía al menos una sacadita a bailar, no era así una cosa de locos como para casarse de una, no, pero su rumbeadita si se la puede estar ganando. Digo.

***

-Huy ¿para donde van? –preguntó mi vecina, la chismosa, al ver que íbamos de salida

-Para donde Don Boris –le dije- el que tiene el cuerpo disecado

-Julián, respete. No se burle de mi mamá –gritó mi hermana desde el balcón

Mi madre vio a mi prima y la invitó –se llama Diana, vive en el tercer piso de la casa mía de mi mamá, tiene 19 años y cada que sale a rumbear le piden la cédula porque parece de menos-.

***

Nos bajamos del taxi –no sin antes abrir la puerta- le pagamos al señor, le dijimos que muchas gracias, que le fuera muy bien, que muchos éxitos, que lo llevábamos en el corazón y todo ese tipo de cosas que uno dice cuando se las quiere dar de buena gente.

Al llegar, como todo colombiano, lo primero que hice fue caminar hasta el inicio de la hilera a ver si me encontraba con algún conocido. Como no encontré a nadie, me fui resignado a hacer la fila como dios manda «como dios manda, como dios manda ¿Por qué todo tiene que ser como dios manda? ¿Cuál dios? ¿House?»

El museo La Tertulia queda en el oeste de la ciudad y a diferencia de lo que yo creía, no fue fundado por una vieja tuerta de nombre Tulia. Tampoco sé quien lo hizo, y a decir verdad me tiene sin cuidado, hay cosas más importantes por las cuales preocuparse.

Para comprar las boletas tuvimos que hacer una fila larga, muy larga. Tan larga que mientras la hacía sentí un deja vu: recordé aquellas filas de las finales de futbol –siempre que doy un ejemplo así me da una pena gigante con los hinchas de Millos, espero que no se sientan excluidos, hagan de cuenta que es una como la que hace la gente al momento de reclamar la cédula, algo así-.

De la fila ni hablar, tediosa como siempre: mi mamá se sentó en un murito que había cerca, mi prima y yo nos pusimos a hablar de güevonadas, yo le veía el culo a todas las viejas que pasaban, entre otras… -entre otras quiere decir que no solo les miraba el culo, sino también las tetas, las piernas, la cara, etc-.

Entre tanto mi mamá ubicó con quien conversar, por lo regular son madres de familia. Ellas comparten temas en común: los triunfos de los hijos, lo caro que está el arroz, el desafío, la telenovela de Marbelle, cosas así.

Yo estaba ahí, hablando con mi prima relajado, cuando de pronto me dio por parar oreja y oír de qué tanto hablaban (parar es un decir, quienes me conocen saben que desde chiquito las tengo grandes, y paradas… las orejas), escuché que la señora que estaba junto a mi mamá le explicaba las cuestiones logísticas de la exposición de Bodies.

-¿El museo La Tertulia solo tiene tres plantas? –interrumpí la conversación asombrado, me parecía el colmo que un lugar tan importante para la ciudad solo tuviera tres plantas- deberíamos regalarle una, má, cualquiera de las que tenemos en la terraza

Mi mamá le pidió disculpas, se armó de paciencia y me explicó que la señora se refería a los pisos del museo, que eran solo tres, que la exposición empezaba en el tercero y terminaba el recorrido en el primero, donde también estaba la tienda.

-¿Tienda? ¿Tienda pa’ qué? –pregunté- ¿Venden huesos, músculos para fritar y comer con maduro, fetos, esas cosas?

La señora metió la cucharada y me corrigió, me aclaró que en la tienda venden camisetas, gorras, llaveros, lapiceros, ese tipo de cosas. Yo le hice una cara a mi mamá –como quien dice ‘quiero una camiseta’- y ella gracias a esa conexión que solo madre e hijo desarrollan me entendió con solo verme. Me dijo que sí, que allá adentro me la compraba.

Y así fue, a penas ingresamos salí corriendo hacia la tienda, no me importaba la exposición cono tal, yo quería mi camiseta, nada más.

De hecho nunca me importó la exposición, si hubiera ido con mi hermana hubiese sido diferente, pues la chica es enterada del tema y me pudo haber explicado. Pero uno ahí, solo, sin entender un culo, oyendo a una boba que sabe más de maternidad de gallinas que del cuerpo humano, que de repeso era fea, narizona, sin gracia.

Lo que si me impresionó fueran las huevas –no las que habían contratado de guías, sino las otras, los testículos que llaman-, esas vainas le cuelgan a uno desde muy arriba, es impresionante. Con razón cuando uno se asusta dice que se le subieron las bolas al cuello, pues desde allá prácticamente vienen.

En todo caso quedé muy decepcionando de Bodies, como es posible que en la tienda no vendieran ni un fetico para usarlo uno como llavero. Les faltó más merchandising. Y a decir verdad, para ver huevas prefiero ir a la universidad y burlarme de un par que tengo como compañeros.

PD: El hijo de Yaneth agradece a todos quienes de una u otra forma participaron en el especial de aniversario. A los lectores que perdonen lo poquito, sé que los invitados dejaron el nivel muy alto pero esto es lo que hay. Ojala que les haya gustado si quiera un poquitico. Saludes de doña Yaneth, que los quiere mucho.